
August 14th, 2026
Ellen Greene aún conserva la prodigiosa facultad de encarnar a una Audrey cuya letalidad se manifiesta con una singularidad verdaderamente inusitada.
En el devenir dialéctico de la conversación, se desliza con una soltura pasmosa hacia y desde aquella voz singular —levemente entrecortada, levemente estridente, levemente ceceante, levemente neoyorquina— que erigió a su heroína de 'La tienda de los horrores' en un icono instantáneo.
No se trataba de un registro que hubiera premeditado emplear durante la audición; simplemente afloró de su ser en ese instante preciso, y allí permaneció, incólume, para siempre.
“No lo reflexioné”, declaró Greene, de 75 años, en una entrevista reciente con Reporters.
“Resultó algo insólito; es decir, ignoro de dónde emanó la mitad de estas cuestiones”.
En su dilatada y pujante trayectoria sobre las tablas y ante la cámara, Audrey constituye quizá el personaje que define a Greene.
Su dependienta, trágica y cómica a un tiempo, en la calle más sórdida, conquistó los corazones del público en el off-Broadway en 1982, y posteriormente en el filme de Frank Oz de 1986, junto a Rick Moranis.
La pegadiza melodía dedicada a esa planta carnívora tampoco se desvanece jamás del todo en el retrovisor de la memoria colectiva.
Con una periodicidad que parece casi cíclica, el público reclama su reaparición como si de un bis se tratara.
En 2015, retomó el papel protagonista en tres funciones que agotaron todas las localidades, con Jake Gyllenhaal encarnando a Seymour.
A partir de este fin de semana, efectuará escalas por todo el territorio nacional durante los próximos meses con motivo de las proyecciones conmemorativas del 40 aniversario, desde Seattle (18 de agosto) hasta Atlanta (13 de noviembre).
Asimismo, se han garantizado interpretaciones de “Somewhere That's Green”.
Esa balada desgarradora sobre el anhelo insaciable, además de erigirse como uno de los hitos cimeros del panorama musical, atesora un lugar privilegiado en el corazón de Greene.
Rememora haberla escuchado por vez primera mientras aguardaba en la cola del subsidio de desempleo, a la espera de su cheque, y entonarla en un susurro apenas perceptible.
“Era plenamente consciente de que en mi interior latía una Audrey aguardando el instante propicio para emerger a la vida”, manifestó Greene.
Llevó aquel sentimiento a la audición, donde el compositor Alan Menken se unió para tocar el piano mientras el letrista Howard Ashman, ya su gran amigo, observaba.
Al concluir, todos estaban sumidos en el llanto.
La obtención del papel tampoco constituyó una ganancia inmediata.
Al incorporarse al Teatro WPA de Nueva York, su remuneración ascendía a 50 dólares semanales por un mes de ensayos y dos meses de funciones en el circuito off-Broadway.
No obstante, la empresa resultó un rotundo éxito.
En cierta ocasión, Steve Martin —quien más tarde encarnaría al abusivo novio dentista de Audrey en la película— acudió incluso a presenciarla en compañía de Mary Tyler Moore.
En el escenario, interpretó “Somewhere That's Green” sentada sobre un contenedor de basura.
Para la película, Ashman concibió el número para ser escenificado a la manera de los números de Leslie Caron y Cyd Charisse, a quienes ambos admiraban profundamente, en los que un personaje entra en una habitación y, de súbito, aparece ataviado con un vestuario distinto para la canción.
“Uno podría colegir que semejante obsequio me habría embargado de una mezcla de abrumación y regocijo”, manifestó.
“No obstante, lo que hice fue llamarlo, sumida en un llanto desconsolado.
Y entonces le espeto, agárrese: ‘¿Dónde está mi cubo de basura?’”.
Ashman, dijo, se limitó a esbozar una sonrisa y le aseguró que suscitarían idéntica reacción cuando la cámara se alejara para desvelar que aún permanecía en la calle más sórdida.
Irónicamente, este intercambio tuvo lugar antes de que fuera oficialmente seleccionada para el filme.
La gestación de la película constituye una odisea prolija y sembrada de escollos.
John Landis ostentó inicialmente la dirección, sucedido de manera efímera por Martin Scorsese, hasta que el proyecto recayó en Oz.
La incorporación de Greene tampoco fue un hecho consumado; el productor David Geffen aspiraba a asegurar un rostro de mayor renombre, como Cyndi Lauper, ante las cámaras.
"Jamás habría osado concebir que la película llegara a materializarse", aseveró Greene.
No obstante, resulta harto difícil concebir que otro intérprete pudiera alcanzar una lectura tan singularmente personal.
El público de las proyecciones preliminares quedó tan cautivado por su Audrey que rechazó de plano un desenlace en el que ella perecía.
“Esa escena de la muerte me resulta sencillamente fascinante, en lo personal”, confesó Greene.
“Pero albergaba una corazonada, ¿verás?, porque Frank dirigió a Audrey para la pantalla de un modo considerablemente más heroico”.
Había extraído de la obra líneas como «no conoces chicos agradables cuando vives en la calle más sórdida», pronunciadas en el habla característica de Audrey.
Considera que la preparó de manera algo distinta.
Así pues, al final, se halla la línea «cuando muera, lo cual debería ser muy pronto».
Sobre las tablas, la dirigió al público; en el filme, se la dice a Seymour.
Resulta más íntima y grave.
«Frank atribuye esta circunstancia a la omisión de la reverencia, tal como se ejecutaba en la representación teatral; no obstante, mi convicción es que la causa reside en la ambivalencia interpretativa de la línea.
Una lectura la despoja de toda trascendencia, sosteniendo que mi estado es óptimo; la otra, en cambio, la dota de una autenticidad profundamente conmovedora», manifestó.
Oz, al fin, transigió, y rodaron un desenlace más halagüeño.
A día de hoy, Greene solo aprecia que convivan ambas versiones (la primigenia, en el montaje del director).
Evocar “La tienda de los horrores” constituye asimismo un medio para rememorar a Ashman, quien falleció en 1991 a causa de complicaciones derivadas del SIDA.
Su vínculo se forjó entre risas, melodías y peripecias; de hecho, fue él quien la condujo a su primera travesía por París.
“Arribamos a mi habitación y él preparó un baño de burbujas, pues conoce mi debilidad por ellos.
Me sumergí en la bañera, me obsequió champán, me ofreció caviar, y puso a Piaf”, relató.
“Disponíamos de habitaciones separadas, por supuesto, pero existía una gran cercanía entre nosotros, así que, ¿qué podía hacer?
Y provengo del mundo teatral, de modo que no soy precisamente una mojigata”.
Asimismo, velaba por ella.
En el momento en que se estaban redactando los contratos para la gira de «La tienda de los horrores», su única obsesión era garantizar que Londres figurara en el itinerario.
Sin que ella lo supiera, Ashman le había cedido, además, medio punto porcentual de las ganancias, «porque yo creé a Audrey», aseveró.
“Tal era su generosidad y afabilidad, y cuánto me profesaba afecto”, manifestó.
“Todos veneran a Audrey porque nosotros, yo, la quise primero.
Y todos veneran ‘La tienda de los horrores’ porque infundimos en ella un amor inmenso...
Me siento profundamente agradecida y sobremanera humilde, pues cuando aman ‘La tienda de los horrores’, la mantienen viva, y mantienen vivo a Howard Ashman”.
August 14th, 2026

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