
September 24th, 2026
Prácticamente la totalidad de los individuos experimentará las repercusiones de lo que acontece en el mercado de bonos, independientemente de la lejanía y abstracción que ello pudiera aparentar.
Los rendimientos de los bonos se han catapultado hasta sus cotas más elevadas en aproximadamente dos décadas, lo cual repercute en todo aquel que solicite un préstamo.
Ello abarca tanto a individuos desalentados que pugnan por mantener el ritmo de la elevada inflación, como a empresas que pretenden erigir centros de datos destinados a la tecnología de inteligencia artificial.
Los rendimientos elevados inciden, de hecho, incluso en quienes no recurren a préstamo alguno.
Para los ahorradores, ello entraña la posibilidad de obtener mayores ganancias en concepto de intereses si colocan efectivo en bonos o en una cuenta de ahorros de alto rendimiento.
Asimismo, podría menoscabar el valor de las acciones en sus cuentas 401(k).
Y en lo que concierne al conjunto de los contribuyentes estadounidenses, los rendimientos más elevados podrían traducirse en pagos de intereses más onerosos para su gobierno federal, el cual se ve obligado a endeudarse de manera continua a fin de sufragar la descomunal brecha existente entre cuánto gasta y cuánto percibe en concepto de ingresos.
Ello conllevaría disponer de menos recursos para todo lo demás.
He aquí un sucinto atisbo de cuanto acaece y de lo que ello comporta:
Cuando los gobiernos y las grandes corporaciones precisan liquidez, no recurren a la banca tradicional en busca de un préstamo.
En su lugar, colocan pagarés entre los inversores, comprometiéndose a restituir el capital con una determinada tasa de interés.
Aquellos pagarés cuyo reembolso se difiere varios años reciben la denominación de bonos.
Los inversores negocian con estos pagarés en el mercado de bonos una vez emitidos.
Y si los bonos empiezan a antojarse menos atractivos —como cuando se recrudecen las inquietudes en torno a la inflación—, un comprador puede llegar a hacerse con uno que otrora valía $100 por una cantidad inferior a esa.
Aun cuando el precio de un bono experimente una caída, este continúa abonando el mismo tipo de interés.
En consecuencia, el nuevo adquirente obtendrá un rendimiento porcentual superior sobre su capital que el tipo de interés que el bono paga sobre su valor nominal.
Dichos pagos reciben el nombre de rendimiento del bono.
En otros términos, en el preciso instante en que el precio de un bono experimenta una depreciación, su rendimiento se incrementa.
Y a la inversa.
El eje neurálgico del mercado de bonos lo constituye el Tesoro de Estados Unidos, esto es, el pagaré que el gobierno estadounidense emite con el propósito de procurarse fondos mediante préstamos.
Y los rendimientos de los Treasurys estadounidenses representan el sustrato sobre el cual se erige la tasa de interés aplicable a la mayoría de las demás modalidades de préstamo.
Para quien se proponga adquirir una vivienda, por ejemplo, el tipo de interés de su hipoteca fija a 30 años será, con toda probabilidad, el rendimiento del Treasury a 10 años, incrementado en un margen mayor o menor en función de la mayor o menor solvencia de su puntuación crediticia.
El mercado del Tesoro estadounidense se desglosa en diversos segmentos, que abarcan desde letras a corto plazo con vencimiento de apenas unos días hasta bonos cuya devolución está prevista a tres décadas.
Cada uno de estos segmentos incide sobre distintas modalidades de préstamo, ya sea en lo concerniente a cuánto puede obtener un ahorrador en un certificado de depósito a 12 meses o a cuánto interés habrá de desembolsar una empresa para tomar fondos prestados con miras a expandir sus fábricas.
Los distintos segmentos del mercado de bonos no siempre evolucionan de manera sincronizada; no obstante, en la coyuntura actual, todos ellos experimentan una trayectoria alcista.
El rendimiento del Treasury a 10 años se elevó el jueves hasta situarse en torno al 5,18%, regresando así a los niveles previos a 2007, antes de que la crisis financiera de 2008 y la Gran Recesión precipitaran los rendimientos hacia cero.
Habiendo estado en ascenso desde que tocara fondo por debajo del 0.50% en 2020 a causa de la pandemia de COVID, su ascenso no obstante se ha visto acelerado desde finales de febrero, cuando la guerra con Irán propulsó los precios del petróleo y las preocupaciones inflacionarias a cotas muy superiores.
El rendimiento a 10 años se situaba en apenas un 3.97% antes de que Estados Unidos e Irán atacaran a Irán.
Dicho ascenso ha situado la tasa promedio de las hipotecas a largo plazo en Estados Unidos en el 7% por vez primera desde principios de 2025, lo que dificulta aún más, si cabe, que los potenciales compradores de vivienda puedan costearse una casa.
Asimismo, ha contenido un repunte del mercado de valores estadounidense, que había vuelto a situarse al borde de un máximo histórico a principios de esta semana.
Los elevados rendimientos del Tesoro menoscaban los precios de todo tipo de inversiones, desde acciones hasta oro y criptomonedas.
El razonamiento subyacente es el siguiente: ¿por qué habría alguien de pagar precios elevados por inversiones más riesgosas o que no pagan dividendos algunos cuando los Treasurys de Estados Unidos están pagando más que antes?
Buena parte del reciente encarecimiento de los rendimientos del Tesoro obedece al repunte de los precios del petróleo y a las inquietudes en torno a la inflación.
Cuando la inflación repunta, $1 el año próximo adquirirá menos que $1 hoy.
Y los bonos, por lo general, abonan una cantidad fija de intereses durante años venideros, lo que convierte a la inflación en un riesgo mayúsculo.
Paralelamente, los gobiernos de todo el orbe perseveran en la acumulación de un endeudamiento creciente.
Ello entraña la emisión de un volumen cada vez mayor de bonos con los que procurarse préstamos, y el incesante incremento de la oferta ejerce una presión a la baja sobre sus precios.
Análogo efecto surte la totalidad de los bonos que emiten las grandes corporaciones empeñadas en erigir centros de datos de IA y en expandir sus negocios por otras vías.
Parte del incremento experimentado por los rendimientos del Tesoro obedece asimismo a la aparente solidez que exhibe la economía estadounidense, aun a despecho de sus múltiples desafíos.
Los rendimientos del Tesoro recibieron, por ejemplo, un impulso el miércoles, tras conocerse un informe preliminar que venía a sugerir que el crecimiento de la actividad empresarial en Estados Unidos se había disparado hasta su nivel más pujante en más de cinco años.
Tales datos podrían persuadir a la Reserva Federal de que la economía reviste la fortaleza suficiente como para soportar ulteriores incrementos en la tasa de interés a muy corto plazo que esta controla directamente.
La Fed elevó su tasa de fondos federales la semana pasada por primera vez desde 2023, albergando la esperanza de desacelerar la economía y de eliminar parte del combustible que alimenta la inflación.
Los operadores especulan con que la Fed volverá a incrementar las tasas tanto este año como el próximo, lo que ha propiciado que los rendimientos del Tesoro a más corto plazo se sitúen en cotas más elevadas.
No es únicamente el mercado del Tesoro estadounidense el que está contemplando un alza en los rendimientos.
Estos ascienden a escala global en la medida en que los inversores perciben cargas crecientes de deuda e inflación en todos los continentes.
El rendimiento a 10 años de Alemania, reputado durante largo tiempo como uno de los destinos más seguros para el préstamo de dinero en Europa, se sitúa en torno al 3.60% y ha retornado al nivel que registraba en 2008.
El Banco Central Europeo incrementó su propia tasa de interés a principios de este mes con la esperanza de contener la inflación.
El rendimiento japonés a 10 años se sitúa en el 3,08%, un viraje sustancial respecto al rendimiento negativo que registraba tan solo en 2020, cuando los funcionarios trataban de estimular la economía.
September 24th, 2026

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